«¿Y ahora qué?: el desalojo que dejó a Chorreras sin hogar» – Noticias cr

Marcela Villalobos para El Observador

(San Carlos). El desalojo matutino en Chorreras de Cutris, en San Carlos, dejó algo más que montones de madera inservible y láminas de zinc esparcidas.

Dejó a 73 familias sin hogar, sin rumbo y sin certezas.

Una comunidad entera quedó ahora dividida entre fincas prestadas, casas improvisadas y terrenos donde lo que habían construido con años de sacrificio, de un momento a otro, dejó de existir.

Todo esto en terrenos que el estado considera bajo protección ambiental y por lo tanto el barrio ha sido catalogado como asentamiento ilegal.

En medio del polvo que levantaban las máquinas que tiraban todo a su paso, don Edwin Rojas, habitante de décadas, se llevaba las manos al rostro mientras veía caer su casa.

«Nos echaron como a perros»

El llanto cortó sus palabras, pero no su indignación. “Nos sacaron como si fuéramos perros”, dijo con la voz quebrada.

«Tenemos estos países desde hace muchos años y nos tiran como a animales. Somos costarricenses, hemos trabajado honestamente porque no nos han dado nada».

La cuenta atrás de dos meses dada por las autoridades no fue suficiente. Cuando llegó el día del desalojo, fue como ver la historia de sus vidas pasar ante ellos mientras todo caía al suelo.

«Han sido años y años de sacrificio, ¿y ahora qué vamos a hacer?» preguntó sin obtener respuesta.

La comunidad sostiene que Chorreras no nació ayer. Ha existido por más de 49 años, con generaciones de familias de San Carlos plantando cultivos, criando ganado, formando hogares y echando raíces profundas en el área.

Por tanto, el golpe para ellos no fue sólo material. Fue emotivo. Fue algo moral.

Lágrimas de tristeza y frustración.

En otro sector, don Oscar Rojas, ganadero de 70 años, paseaba a caballo entre lo que quedaba de su corral.

Lloró delante de los vecinos mientras hablaba.

«He sido agricultor toda mi vida. No me he dedicado a nada malo. Verás, lo que tenía era un kraal y media casa donde me establecía para trabajar el ganado», explica entre sollozos.

Su kraal fue destruido. Su pequeña bodega también. Mientras tanto, su ganado, asustado por el movimiento de las máquinas, tuvo que ser conducido a otro sector.

«No puede ser que nos humillen así», afirmó.

El dolor es un sentimiento común entre los vecinos. Su pueblo desapareció en cuestión de horas después de haberlo habitado durante años.

«Estoy trasladando el ganado a una finca que me han prestado mientras tanto», dice el líder comunitario Mario Cambronero, quien también tuvo que retirar los animales que cuidaba antes de que llegaran las máquinas.

Dice que los vecinos se ayudaban entre sí para proteger lo poco que podían.

«No tenemos casa, pero incluso tenemos que salvar el ganado», añadió.

Todo pasó muy rápido, dicen los vecinos.

Cuando llegaron las máquinas no había tiempo para nada

Los testimonios coinciden en que todo pasó demasiado rápido. Las retroexcavadoras y retroexcavadoras llegaron en la madrugada del 25 de noviembre.

«Llegaron y empezaron a demolerlo todo. Las casas, las granjas, incluso la escuela», dijo una madre. «Nos dijeron que nos fuéramos, pero no nos dejaron nada de lo que quedó», dijo otra vecina que prefirió no dar su nombre.

La escuela, punto que daba identidad al caserío, también fue derribada.

«Fue triste ver cómo cayó, mis hijos estudiaban allí», dijo la vecina.

Sin hogar, sin opciones y sin respuestas

Hoy en día, la mayoría de las familias desalojadas viven en granjas prestadas, granjas improvisadas o en casas de amigos y familiares.

No tienen claro qué pasará mañana. No hay un plan de reasentamiento concreto, ni apoyo visible, ni una respuesta gubernamental para aliviar la angustia de quienes lo perdieron todo en horas.

«Estamos dispersos, cada uno como puede. Nadie nos dice qué va a pasar», don Mario.

Explicó que el golpe es tan profundo que muchos sienten que la comunidad fue «destruida de un solo golpe».

«Aquí no había dignidad. No había humanidad. La gente no dejó nada», dijo.

Chorreras se quedó sin techo, pero no sin memoria

Lo ocurrido ese día fue más allá de una expulsión. Para los vecinos fue un acto que arrancó su historia, su vida y su sentido de hogar. Hoy viven del apoyo mutuo, de la solidaridad de quienes prestan una finca, una finca, un pedazo de tierra.

Lo que está pasando en Costa Rica, sólo queremos que nos dejen trabajar, agregó don Edwin.

Lo que queda, dicen, es el derecho a ser escuchado. Y la esperanza, herida pero viva, de que Chorreras no desaparezca de la memoria del país ahora que han sido sacados de allí para proteger la zona.

Entrada relacionada